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Esta edición recoge el siguiente artículo de este escritor, un fragmento realmente interesante.
Tras varias jornadas de deliberaciones, cafés, humo, que si Hitchcock, que si Tarkovski, Amanecer, Ran, Sor Citroën y enconadas polémicas sobre la insufrible obra de Kiarostami, el mar de Donostia ha sido elegido como la mejor película de todos los tiempos.
Las principales objeciones que se le hacían al mar eran su desmesurado metraje (todos se quejaban de que cuando llegaron a su butaca el mar ya había empezado) y la desoladora sencillez del guión. También ciertas acusaciones de amaterismo por estar rodado sin cámara, sin script y sin títulos de crédito. Esto último ha provocado que Lars von Triers se arrogara la autoría del filme, pero nadie le ha creído.
Era inevitable: dirigida por el siempre eficiente Dios, el mar de Donostia cuenta además con un reparto de lujo y con la mayor participación de extras de la historia: varios millones de olas. Entre las estrellas que apuntalan la película, destacan los hermanos Montes: Igeldo, Urgull y Ulía, que se encuentran en la plenitud de sus dotes interpretativas y que ya han superado las convulsiones familiares provocadas por el enfrentamiento de egos: está claro que Igeldo es el más dotado (y el que más fans tiene, que van a verlo hasta en funicular) y por eso el director ha hecho descansar buena parte del argumento de la película en él y muchos espectadores suelen interpretarla desde su punto de vista.
Urgull, aun aceptando esto, no deja de manifestar que su formación cultural ha sido menospreciada, pues vive prácticamente entre el Museo de San Telmo, el Museo Naval y el Aquarium.
Polémicas.
El ala femenina del elenco la encabezan las hermanas Playas, que también tuvieron sus malos momentos, no se crean. Zurriola se sentía relegada a la parte más insípida del filme hasta que le dieron el flamante edificio Kursaal, y La Concha acusaba a Ondarreta de chupar plano y de ser una cursi y una niña mimada que sólo estaba interesada en relacionarse con la clase pudiente en el Real Club de Tenis.
Ondarreta, por su parte, consideraba a La Concha una aburrida intelectual que pasaba demasiado tiempo leyendo a Juan Ramón Jiménez y que hasta se había tatuado en el omóplato derecho la siguiente frase: “Los dioses no tuvieron más sustancia de la que tengo yo”, como dando a entender que si la película era genial se debía a ella, no al director.
Buena parte de la crítica destacó también el corto pero inenarrable papel de la isla de Santa Clara, que hubo de vérselas en su escena con dos colosos de la interpretación como son Igeldo y Urgull, ante los que se mostró muy segura de sí misma y confirmó las esperanzas en ella depositadas.
Cierta facción esnob y sin desayunar de la cinefilia internacional no dudó en prorrumpir en vivas desaforados en defensa de lo que ellos consideraban el sanctasantorum de la película. “¡Chi-lli-da! ¡Chi-lli-da!”, chillaban. Y es que el capítulo de la película titulado El peine de los vientos les parecía a estos superferolíticos entendidos de una profundidad ontológica nunca vista hasta ahora en las pantallas mundiales. Para ellos, El peine de los vientos era una sobria reflexión sobre el vacío de la condición humana, la procrastinación de los valores éticos y la Gran Angustia existencial de tener que elegir teléfono móvil.
Dentro de apartados menos conocidos por el público, fueron destacados el director de fotografía y el director artístico, que habían unido su talento para conseguir un filme aconchado y riquísimo, que si bien principia en iluminaciones diáfanas y naturales, deviene finalmente y sin la menor brusquedad en climas lumínicos de corte film noir que otorgan a la producción altas dosis de romanticismo y misterio.
Y qué decir de la dirección. “¡Divina, divina!”, exclamaban, extáticos, los críticos que, a fuerza de alabar esto y de alabar lo otro y de alabarlo siempre con gritos y soflamas discotequeras, acabaron despertando a Carlos Boyero. Este, por chinchar, dijo que sí, que la peli estaba bien, que le había emocionado (especialmente cuando aquella ola gigante se deshizo, en pirotecnia de espuma, contra el peine de los vientos), pero que lo de rodar una película de tanta duración en plano único le parecía un poco coñazo. Los otros críticos le recordaron la puntuación que puso a Hurlyburly y Carlos Boyero tuvo que callarse. No debemos soslayar, en esta tan lúdica como veraz alegoría, la opinión del público.
Público y crítica.
En general, el mar de Donostia gustó mucho, en uno de esos extraños casos en que público y crítica coinciden. Sin embargo, algunos espectadores se quejaban de que el mar sólo se emitiera en versión original y, ante la negativa del proyeccionista de ofrecer la versión doblada, decidieron por su cuenta subtitularla en la playa con conchas, pisadas y cuerpos de mujeres bonitas.
Las feministas protestaron y tuvieron que quitar los cuerpos de mujeres bonitas. Otros prestaban poca atención, pues decían que esta película ya la habían visto mil veces en la tele y que ya podían poner otra cosa. Una señora dijo que la cabeza de un concejal no le dejaba ver bien.
Algunos directores de ego cósmico protestaron aparatosamente al ver que sus películas eran desbancadas por el mar. Orson Welles estaba estupefacto al comprobar que ninguno de los críticos se había percatado de que en el mar no salía él. Godard manifestó que Dios le había plagiado los fallos de raccord y la ausencia de guión porque aún estaba dolido con su sacrílega Yo te saludo, María. Finalmente, Antonioni dio a entender, sibilinamente, que él era dios.
Festival.
Como el hombre es un animal de infranqueable autolatría y cree poder competir con Dios en creatividad y masacres, la refitolera ciudad de San Sebastián organizó un festival de cine paralelo a la película del mar. Este año se celebra su 47ª edición. En honor a la obra maestra, se entrega un trofeo con forma de concha que además se llama concha. Ante evento tan llamativo, la ciudad, que de ordinario recibe visitas innúmeras y de postín, se prepara para recibir más visitas innúmeras y de postín, pues aquí hay playa para todos, chacolí para todos, cine para todos y una ola para cada uno.
Las proyecciones del festival venían realizándose en el teatro Victoria Eugenia, enfrente del hotel María Cristina. A partir de este año, todo el sarao tendrá lugar en el Palacio Kursaal (del que la propia organización, en el programa, dice que “a todos ofrece riesgos e inconvenientes que confiamos superar”).
El edificio Kursaal, diseñado por el laureado e internacional arquitecto navarro Rafael Moneo, es un extraño complejo de dos cuerpos que recuerda un poco a las torres Kío y otro poco a un cubo de Rubik. El cubo más grande aloja la sección oficial y el pequeño la sección Zabaltegui. El festival de cine será la actividad más destacada de una construcción que espera focalizar los eventos culturales de la ciudad y que, estéticamente, no es del gusto de todos, aunque, eso sí, da nuevas alas a la expresión “marco incomparable”.
El Festival Internacional de Cine de San Sebastián ha alcanzado finalmente, después de tantas ediciones y tanto rigor, un prestigioso lugar dentro de la variada oferta de festivales cinematográficos de Europa. También es cierto que, como en casi todos los festivales, este prestigio se debe más a la calidad media de la sección oficial que a las películas premiadas, mediocres en muchas ocasiones.
Por otro lado, en los mentideros cinéfilos, ante la insondable belleza de Donostia, la corrección extrema de sus ciudadanos, la inusitada proliferación de fuentes públicas, la hogareña disposición de sus bares y tabernas en la Parte Vieja, la enorme cantidad de balcones desde los que asomarse al mundo y la falta de tren metropolitano que todo lo acelere y lo enerve, ha surgido el rumor de que San Sebastián es en realidad la última película de Billy Wilder, una de esas comedias donde al final todo sale bien, los buenos ganan y los malos no saben qué decir.
En cualquier caso, y como siempre se vive mejor en las películas que en la vida real, es recomendable venirse por aquí de vez en cuando, pasear por la playa, silbar, mirar al sol, perder su apogeo, contar las estrellas y adentrarse en el mar, desafiando el frío, rompiendo las olas.
*Escritor segoviano de 23 años, fue finalista del Premio Herralde 1998 con su primera novela, A bordo del naufragio (Anagrama).
